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Encuesta a buscadores de libros

A veces tengo esta pesadilla: el Ministerio de Sanidad ha catalogado la búsqueda de libros como enfermedad rara y hay unos doctores que estudian cómo librarnos de esa adicción destructora y me veo acudiendo a una reunión de bibliómanos anónimos: “Hola, soy Mauricio y llevo 2 meses y 6 días sin comprar un libro…”. En fin, conozco a otros enfermos, a pesar de que los buscadores, como el corazón, somos cazadores solitarios. Les he hecho un cuestionario y algunos de ellos han tenido la amabilidad de responderlo.
POR Mauricio Calderón / SEVILLA, 30 de mayo de 2018
PREGUNTA: ¿Cuándo empezó a coleccionar libros y qué colecciona?
José Ignacio Abeijón, galerista (Madrid): Me encanta la documentación y sobre todo lo relacionado con arte. Comencé comprando catálogos de arte antiguos, y poco a poco me metí en revistas, libros ilustrados, y cosas buenas que estuvieran al alcance de mi bolsillo.
Tomás Antúnez Amaro, médico (Valladolid): Empecé con la pasión por los libros antiguos y primeras ediciones en mayo de 2012. En una librería de viejo de Valladolid, que ya desapareció, vi una edición de las obras completas de Pablo Neruda en Losada, en un tomo, impresa el año que nací. El hecho del año y lo bonito que era el libro, en piel roja, papel biblia, fotos intercaladas, el olor acre y una firma fechada en La Habana me obligaron a llevármelo. Ahí comenzó todo.
Colecciono principalmente libros de poesía española y de Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, también sus escritos en prosa. También adquiero de los poetas hispanoamericanos más destacados. Empecé con la Generación del 27 y luego me fui extendiendo a la del 50, 36 y poco a poco voy picando en todas las corrientes y generaciones, informándome previamente. Con frecuencia antes de comprar una primera edición, leo el libro, antes, en otra edición que tengo de antes, pues he comprado libros desde hace 40 años.
José Francisco Díaz, piloto de helicóptero (Almería): Colecciono básicamente libros, aunque primeras ediciones solo desde hace trece años. También alguna cosa más en papel que sea de mi interés, como el tema local.
Manuel García, abogado (Madrid): En cuanto terminé de coleccionar cromos. Desde siempre he tenido una extraña admiración por el papel impreso. De hecho en el colegio cuidaba tanto los libros de texto que no parecían leídos. Empecé coleccionando las primeras ediciones de las novelas que me gustaban. En cuanto descubrí las librerías de lance me topé con muchos libros desconocidos con cubiertas atractivas. Coleccionaba de todo, pero si tengo que elegir un hilo conductor, ese sería el de la rareza.
Alfonso Meléndez, tipógrafo (Madrid): De adolescente compré el primero hacia mediados de los ochenta en una librería de viejo de Zaragoza, Los días iluminados de Grosso y Ontañón en Palabra e Imagen de Lumen.
Álex Pons, bibliotecario (Barcelona): Empecé a ser coleccionista de libros en la adolescencia, a partir de los 14 años. Antes lo había sido de coches de metal, de soldaditos de plástico y de cromos. Supongo que las personas empiezan así adquiriendo el hábito, el ejercicio, y cuando llega el momento en el que se encuentra el objeto que le da una satisfacción plena se consuma como hábito definitivo. En mi caso fueron los libros de bolsillo de Alianza Editorial con esas “cubiertas” de Daniel Gil. Recuerdo con especial cariño (amor más bien) los de Nietzsche traducidos por Andrés Sánchez Pascual. Los compraba en el 45a de Calla Olmos en Palma de Mallorca, aunque seguramente esos en concreto vinieron un par de años después. Ahora colecciono libros raros de literatura: extravagantes, heterodoxos, malditos, surrealistas, ilustrados a ser posible y también algunos clásicos literarios en edición original.
José Tudela, jurista (Zaragoza): No tengo una fecha de referencia. En mi casa había una buena biblioteca, pero no se perseguían libros. Yo continué el mismo camino. Y supongo que me desvié cuando descubro mi atracción fetichista por algunos autores y, en especial, por sus palabras manuscritas, y empiezo a satisfacerla al ir recibiendo los libros de la biblioteca de mi abuelo. Colecciono primeras ediciones y libros singulares de literatura del Siglo XX hasta, más o menos, la década de los setenta, con especial atención a la poesía y literatura iberoamericana. De hecho, desde hace unos años me he concentrado en literatura iberoamericana. Todavía me sorprende la cantidad de buenos autores que permanecen velados por distintos olvidos. Creo que es el gran baúl por abrir de la literatura en español.
PREGUNTA: ¿Cuál ha sido su mayor logro -o aquella caza- que recuerda con mayor emoción?
José Ignacio Abeijón, galerista (Madrid): Una edición prácticamente desconocida de El descubrimiento de si mismo de Joaquín Torres-García. La de todos conocida es de 1917, realizada en Gerona, y la que encontré fue una de 1916 en Tarrasa. Lo hablé con la Fundación Torres-García y me dijeron que también ellos habían sabido recientemente de esta edición, y no la tenían. O el número 1 de la revista DDOOSS que compré por 8 euros en la feria del libro antiguo. Fue este hallazgo el que me llevó a ponerme a coleccionar primeras ediciones.
Tomás Antúnez Amaro, médico (Valladolid): Me he emocionado al conseguir muchos libros. Por citar algunos que recuerdo que me emocionaron especialmente: la primera edición del Romancero gitano de Lorca. Recuerdo que cuando iba a pulsar para comprarla, le cambian el precio y la rebajan un 10%. Se me hizo interminable la espera hasta que la tuve en mis manos. También me emocionó la primera de La destrucción o el amor, Residencia en la tierra, La voz a ti debida, Moralidades de Gil de Biedma. La primera edición de Vientos del pueblo de Hernández que compré por 10 euros. Últimamente, la primera edición de Ámbito de Aleixandre y también varias primeras de Alejandra Pizarnik. Y por supuesto la primera de La realidad y el deseo.
José Francisco Díaz, piloto de helicóptero (Almería): Hay varias. Me inclino por la edición del Quijote de Juan Jolis (1755), en pergamino con grabados a la madera, pero también la primera edición de Alma (1902) de Manuel Machado, o la primera edición de La copa del rey de Thule (1900) de Francisco Villaespesa.
Manuel García, abogado (Madrid): Hace ya algunos años se subastó una edición príncipe de La fortuna con seso de Quevedo. En la portada del libro la autoría aparece atribuida a un tal Rifroscrancot Viveque Vasgel Duacense, anagrama de Francisco de Quevedo y Villegas, y la obra se presenta como traducida del latín por Esteban Pluvianes del Padrón, natural de la villa de Cuerva Pilona, seguramente un anagrama de Barcelona. Este juego de ocultaciones motivó que la casa de subastas no identificara la autoría, lo que la llevó a fijar un precio de salida injustamente bajo. Por motivos personales yo no podía asistir a la subasta y mandé a mi hermana. Ella, intrusa en este mundo, vivió uno de los momentos más estresantes que recuerda. Para mí, desde la distancia pero en permanente contacto, fue absolutamente emocionante.
Alfonso Meléndez, tipógrafo (Madrid): Mi primer New York (Mlada Fronta, 1966), con su camisa completamente ajada y que compré a ciegas hace lo menos diez años. El pasmo y disfrute al abrir el sobre y verlo de cabo a rabo fue de aúpa…
Álex Pons, bibliotecario (Barcelona): Recuerdo la emoción de encontrar entre una montaña de libros un ejemplar de Universalismo Constructivo de Torres-García, uno de los 100 que él firmó. Después ha habido otras mañanas de gloria pero esa fue especial y primeriza.
José Tudela, jurista (Zaragoza): Como hallazgo de buscador, la primera edición de Epístolas y poemas de Darío en una perdida librería del centro de Ciudad de Guatemala, donde me habían aconsejado no ir. Entre revistas, papeles sueltos y libros sin ningún interés, mi mirada se desvió hacia un pie de imprenta, Managua 1888. Allí estaba uno de los muy escasos ejemplares supervivientes de la destrucción por un terremoto de esa edición. La emoción se redoblaba porque la poesía de Darío me acompañaba desde mi infancia por la pasión de mi madre hacia el poeta nicaragüense. Junto a ello destacaría el hallazgo de dos de los grabados en stencil que Picasso hizo de Vallejo o, como curiosidad, un pliego olvidado de Cantos de vida y esperanza, con una triple dedicatoria: de Darío a Fabio Fiallo; de Fiallo a Juana de Ibarbourou; de Ibarbourou a su médico familiar. Finalmente, por mi dedicación profesional tengo en particular estima el primer manual de Derecho parlamentario publicado en español y un volumen de la Demostración de lealtad de la nación española, la colección de arengas patrióticas publicadas por los municipios españoles con motivo de la invasión francesa. Impreso en 1808, Isla de San Fernando.
PREGUNTA: La frase de Walter Benjamin según la cual una biblioteca es una manera de corregir el orden de la realidad, ¿qué le parece? 
José Ignacio Abeijón, galerista (Madrid): Una chorrada.
Tomás Antúnez Amaro, médico (Valladolid): La frase de Benjamin, nunca la leí, me parece una frase elevada, como dice mi mujer. Cuando me introduzco en una biblioteca, salgo de la realidad cotidiana; son mundos excluyentes. Creo que voy haciendo mi biblioteca por jugar en el tiempo pasado. Trato de vivir épocas pasadas al jugar con los libros que brotaron en esas épocas, las primeras ediciones, las dedicatorias, las firmas fechadas, la tinta de entonces. Y aumento el volumen de la biblioteca para hacerme la mejor imagen de aquellas generaciones. Igual eso es corregir el orden de la realidad y no soy consciente de ello.
José Francisco Díaz, piloto de helicóptero (Almería): En cierto modo sí. Al menos con la propia, pues al construirla creamos un ambiente de nuestro agrado, tanto físico como intelectual, sin que nos molesten con conversaciones. Podemos acudir a ellos cuando nos interese o convenga. Nos rodean los libros que deseamos conocer, consultar o mantener, y pueden incluso evadirnos de la realidad.
Manuel García, abogado (Madrid): Que evidentemente Walter Benjamin nunca vio mi biblioteca. Ahora en serio, la frase suena bien y rotunda, pero como todas las buenas frases rotundas carecen de concreción. Las bibliotecas corrigen poco. Las públicas lo intentan con poco éxito, las privadas alimentan egos y fomentan desviaciones. Una buena novela puede corregir el orden de la realidad, pero en cuanto pase a formar parte de una buena biblioteca quedará desenmascarada.
Alfonso Meléndez, tipógrafo (Madrid): Que la mía si acaso no “corrige” en absoluto su penuria, salvo por los muchos recopilatorios temáticos de fotolibros que tengo, que al menos contienen en sus páginas una sombra o un eco de todos los títulos que nunca seré capaz de añadir a mi biblioteca.
Álex Pons, bibliotecario (Barcelona): A Walter Benjamin siempre le he mirado y leído bajo el prisma del coleccionismo. Cosa que muchos críticos han ignorado, no han visto o no han querido ver (se le empieza a depurar a Benjamin, a refinar… lo último es aligerarle de su marxismo). La biblioteca personal es el refugio, la despensa y la defensa, el deseo y la esperanza contra el caos, el desastre y la variabilidad del mundo y el aluvión de malas noticias que este genera. De lo que está siempre cambiando no se puede hacer ciencia, decía Platón. La biblioteca es y ha sido el crisol de toda ciencia. Internet y las pantallas no podrán ni vencer ni substituir a las bibliotecas: podrá esclavizar a las personas pero no a los libros, estos los superan en enjundia, en completitud.
José Tudela, jurista (Zaragoza): Brillante, como Benjamin. Posiblemente, mientras la construimos, no llegamos a ser conscientes del todo. Y, creo, así debe ser. La biblioteca es un reflejo profundo del ser. De nuestra personalidad en evolución y formación constante. Y todos sabemos que allí, en esos estantes, se encuentra en un orden que incluso vence al más profundo desorden, un universo tan irreal como real.

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