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«Voy a escribir un Pregón futurista del libro antiguo»

Como dice, es el único sevillano de apellido japonés que ha nacido en Lima. Fernando Iwasaki (1961) llegó a Sevilla como investigador del Archivo de Indias a finales de los años ochenta y aquí ha desarrollado una amplia trayectoria como narrador, historiador, gestor cultural y profesor universitario.
Autor de más de una treintena de títulos, entre novelas, relatos, ensayos e investigaciones históricas, Iwasaki se ha definido en alguna ocasión como “un lector que escribe”. Si le debe parte de su felicidad a Borges y a Homero, también se declara como un “fetichista furioso de libros, cuadernos y papelería fina”.
Amante de los árboles, de los cómics y de las librerías de viejo, Fernando Iwasaki será el próximo pregonero de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. En esta entrevista, conversa con el librero José Manuel Quesada.
JOSÉ MANUEL QUESADA: Antonio Machado, el hermano de Manuel, decía que «mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero«. ¿Y la tuya?
FERNANDO IWASAKI: Prefiero mis recuerdos de madurez en Sevilla porque mis memorias limeñas de árboles son muy borrosas. En casa de mi abuela había un huerto, pero no me dejaban subirme a los árboles ni comerme las frutas, porque decían que podía enfermarme o morir. Por seguir con la evocación machadiana, valoro mucho los recuerdos de los paseos familiares por los Andes, aunque nunca nadie me dijo los nombres de los árboles que me gustaban. Finalmente, los libros yo no los tenía en casa sino en la biblioteca del colegio. La biblioteca del colegio y los árboles de mi infancia pertenecían a dos territorios completamente incongruentes. Más bien, el encuentro entre los árboles y los libros se ha producido en la madurez, en mi casa rural sevillana.
JMQ: Somos casi de la misma generación y recuerdo que en España teníamos unos personajes de cómic que eran el Capitán Trueno, El Jabato. ¿Y en el Perú?
FI: Aquellos personajes no llegaban allá. Sí recuerdo todos los que conocí a través de la editorial mexicana Novaro, que eran mexicanos y estadounidenses, básicamente.
JMQ: ¿No había personajes propios de tu país?
FI: En el Perú tuvimos una dictadura militar que se propuso borrar todo vestigio de cultura imperialista y que ordenó crear una serie de historietas basados en la línea de aquel gobierno. Así aparecieron tres hermanitos -uno de la costa, otro de la sierra y un tercero de la selva-, pero nadie nos explicó ni quién era el padre ni quién era la madre. Se llamaban Coco, Vicuñín y Tacachito, y no han dejado mayor rastro en mi memoria, salvo la duda angustiosa sobre la custodia de esas criaturas.
JMQ: ¿Cuál fue el primer libro que tuviste?
FI: Los primeros libros que leí fueron de mi madre. Eran libros muy viejos que yo tenía que cuidar mucho. Pero el primer libro que me regalaron fue una edición ilustrada de las Fábulas de Esopo, con unos dibujos muy risueños.

“Con cada librería que ha cerrado en Sevilla hay un número proporcional de lectores y de profesionales del mundo del libro que han desaparecido también y, por lo tanto, la ciudad ha perdido conocimiento, personalidad y solera”

 

JMQ: Vives en Sevilla desde los años ochenta. ¿En qué ha cambiado la ciudad y las librerías de viejo desde entonces?
FI: Ambas cosas han cambiado muchísimo. Yo llegué a Sevilla durante la pre-Expo, cuando la avenida Torneo tenía dos carriles estrechos y los barrios estaban más bien deshermanados. No digo que estuvieran aislados del centro, pero cuando eras de un barrio se notaba muchísimo. Yo pasaba los fines de semana en el Cerro del Águila porque jugaba fútbol en el antiguo campo del Marqués del Contadero e ir al Cerro del Águila era como ir ahora mismo a Cantillana.
Desde entonces hasta hoy han desaparecido tantas librerías como árboles. Recuerdo que todo el entorno de la estación de San Bernardo estaba lleno de ombúes centenarios como los de los jardines del Palacio de San Telmo. Y todos fueron talados de manera inmisericorde. También recuerdo que la calle Almirante Lobo y el tramo de Constitución al Archivo de Indias estaban abovedados gracias a las copas de unos árboles que daban una sombra extraordinaria. Nada de eso existe hoy y el sol es implacable en toda la ciudad porque Sevilla es una ciudad sin sombra.
Por otro lado, lo de las librerías es todavía muchísimo más grave, porque en Sierpes y Tetuán había varias librerías de viejo que han desaparecido. Yo viví casi diez años en la calle Ángeles y si desde mi casa trazabas un radio de cien metros alrededor, dentro de aquella circunferencia cabían numerosas librerías que ya no existen: Montparnasse, Renacimiento, Vértice, Pascual Lázaro, Trueque, Mercedes y hasta dos talleres de encuadernación.
Cuando una librería desaparece es como si desapareciera una palabra. Si la RAE diera de baja una palabra que defina un cántaro extremeño, lo más probable es que no solamente haya desaparecido el sustantivo del cántaro, sino el artesano que lo fabricaba, las técnicas de hornearlo y los esmaltes empleados para fraguarlo. Con esa palabra desaparecerían personas, utensilios y técnicas ancestrales. De la misma forma, con cada librería que ha cerrado en Sevilla ha desaparecido un número proporcional de lectores y un número proporcional de profesionales del mundo del libro. Por lo tanto, nuestra ciudad ha perdido conocimiento, la personalidad que le proporcionaba el conocimiento y la solera que le daba la conciencia de su personalidad. En términos arqueológicos, las difuntas librerías sevillanas ocuparían un nivel estratigráfico apenas superior al de la Generación del 27 o al de su antiguo esplendor durante el Siglo de Oro. Todo eso permanece sepultado ante la indiferencia de la sociedad.
Por ejemplo, cuando yo hablo con mis alumnos universitarios descubro perplejo cómo chavales de 18 años no saben que ha existido un poeta llamado Dante Alighieri y que escribió una obra titulada la Comedia. Esos jóvenes ya no son nuestros contemporáneos ni pertenecen a la cultura occidental, porque carecen del conocimiento que debería conectarlos con Occidente. Saben cómo matar a un zombie pero ignoran cómo tomaron Troya los griegos, porque para ellos los troyanos son virus que circulan por Internet.

JMQ: ¿Y qué imágenes te sugiere la Feria del Libro Antiguo o las librerías de Sevilla?
FI: Mis primeras imágenes de librerías de viejo son limeñas. Yo era menor de 18 años, mi cultura lectora era muy incipiente y caminaba por muchas librerías del centro de Lima en busca de libros que pudieran estar al alcance de mi presupuesto. Recuerdo la librería de un célebre editor y librero nuestro, que se llamaba Juan Mejía Baca.
Cuando llegué a España a mediados de los 80, descubrí maravillado que el libro viejo era tan importante como el libro nuevo. Caminar por la Cuesta de Moyano era fascinante y encontrar en Sevilla tantas librerías de viejo en el casco antiguo –Trueque, Renacimiento, Mercedes, Rumaiquiya o Los Terceros- era algo que no tenía nada que envidiar a grandes ciudades del mundo como Londres o Nueva York. La diferencia es que en Londres podías encontrar librerías de viejo especializadas en viajes, mapas o novelas francesas, y esa sofisticación se agradece también.
Sevilla, con su diversidad de librerías de viejo y con la cercanía de sus libreros, era algo nuevo para mí. El librero de viejo limeño pensaba que si entrabas era para robarle. El librero sevillano también pensaba lo mismo, pero para evitarlo te ofrecía una buena conversación.
JMQ: Hace poco publicaste en Jot Down un artículo en el que te denominabas bibliofilow-cost. ¿Eso es por tieso o por tacaño?
FI: Por tieso, evidentemente. Cuando me compro un libro que vale 200 o 300 euros, lo compro a sabiendas de que en casa me van a decir: “oye… ¿Tú no sabes que en casa hay gastos pendientes?” Esas prioridades domésticas son las que limitan el presupuesto de los cómics, de los libros de viejo y de los partidos del Betis.
JMQ: ¿Controlas el vicio, entonces?
FI: Sí, debo controlarlo, pues hay prioridades como la hipoteca, los seguros o el alquiler de mis hijos en Madrid. Después de veinte años cambié de trabajo para ganar menos en la universidad a cambio de disfrutar de más tiempo y vivir más contento, pero ello supone que debo gastar incluso menos que antes. Por otro lado, yo sé en qué librería de Copenhague podría adquirir por 4 mil euros un ejemplar de la primera edición de Las flores del mal para venderlo luego a su precio de mercado de 15 mil. Pero el problema es que soy un bibliofilow-cost y por lo tanto mi habilidad para los negocios es nula.
JMQ: En ese mismo artículo comentas que, cuando has buscado un libro, te ha dado buen resultado pedírselo a tus lectores en los artículos que escribes en la prensa. Es el caso del Ocnos de Cernuda que editó la Diputación de Sevilla en 1993. ¿Algún otro título?
FI: Cuando tenía ocho años descubrí en la biblioteca de mi colegio una colección de vidas de animales que leí embelesado. No sabía quién era el autor, pero recordaba que cada libro estaba protagonizado por un animal con un nombre muy sonoro y memorable. Tuska el jabalí; Timur el tigre; Inkosi el león, etc. Siempre quise saber cómo conseguir estos libros, hasta que un día, en la antigua Biblioteca Pública de la calle Alfonso XII, vi una exposición de libros infantiles antiguos y de pronto me topé en un vitrina con Chag el caribú. Pedí -por favor- que me sacaran el libro para copiar la referencia bibliográfica y por fin supe que el autor se llamaba Bernard Rutley y que los había publicado la editorial Molino en 1959.
Aproveché un viaje a Barcelona para visitar la editorial Molino y me llevaron al almacén, donde la persona que me atendió casi se echó a llorar porque él también los había leído y me reconoció que aquellos libros eran fantásticos, pero que ya no quedaba ninguno. Me había resignado a no tenerlos hasta que del suplemento cultural de ABC me encargaron un artículo sobre mis primeras lecturas y hablé de aquellos libros y de mi sueño de poseer una colección. Pues ahora tengo tres, porque los lectores de ABC comenzaron a escribirme y así compré dos y me regalaron una. Con el mismo modum operandi conseguí aquel Ocnos de Cernuda, aunque quiero hacer hincapié en que ofrecí un kindle a cambio de aquella golosina encuadernada y que el generoso lector que me la obsequió no aceptó nada a cambio.
JMQ: Una vez te oí decir que Andrés Trapiello, Juan Bonilla y Felipe Benítez Reyes, los tres antiguos pregoneros de la Feria, están entre los mejores narradores actuales. ¿Lo sigues pensando?
FI: Sí, lo sigo pensando. Existe el mercado, con todo su entorno de suplementos, revistas y blogs, donde ciertos nombres destacan mucho, trascienden y tienen una gran popularidad; pero luego están los nombres que permanecen porque enriquecen a la literatura. Así, cuando tú viajas a países como México, Chile o Perú te encuentras con grandes grandes lectores que conocen la obra de Juan Bonilla, Andrés Trapiello y Felipe Benítez Reyes. Por supuesto que también saben quiénes son los demás autores que se reseñan y traducen, pero a esos tres los respetan, veneran y buscan sus libros. Hay autores que venden muchísimo, pero jamás los encontrarás en los manuales escolares o en los exámenes de selectividad. Y eso marca la diferencia.
JMQ: ¿Lorca o Cernuda?
FI: Cernuda, sin duda. Era el mejor de aquella generación y el único que estaba escribiendo una poesía que dialogaba con la mejor poesía europea de su tiempo. En ese aire sólo estaba Cernuda.
JMQ: ¿Vargas Llosa o García Márquez?
FI: Vargas Llosa tiene una obra más completa y más diversa, aunque no tenga un libro universal como Cien años de soledad. El conjunto de la obra de Vargas Llosa me parece superior, pero si tuviera que elegir un solo libro de los dos escogería Cien años de soledad.
JMQ: ¿Juan Ramón o Walt Whitman?
FI: Podría columpiarme porque a Whitman no lo tengo tan leído como a Juan Ramón, pero elijo a Juan Ramón.
JMQ: ¿Sevilla o Betis?
FI: ¡Betis! Cada vez que tengo programa en la radio los técnicos de Madrid siempre dicen «¿Sevilla?, ¿Sevilla?» Y yo siempre respondo: «¿Por qué Sevilla? ¡Aquí Betis!«
JMQ: Dime algo breve sobre Lolita de Nabokov.
FI: Una maravilla. La tengo en varias ediciones. Me extraña que Juan Bonilla no haya colocado la portada de la edición de Sur en su último libro, pues Sur publicó Lolita para apoyar a Nabokov, que había sido censurado, aunque luego abrías el libro y en decía: «Prohibida la venta de este libro en el municipio de Buenos Aires«.
JMQ: Las armas y las letras de Andrés Trapiello.
FI: La primera edición es la romántica, la que va a tener más valor.
JMQ: Los años irreparables de Rafael Montensinos.
FI: ¡Todo tiene reparación!
JMQ: Pasión y muerte del cura de Deusto de Augusto D’Halmar.
FI: Ese cura hoy estaría perseguido y el Papa Francisco habría acabado con él.
JMQ: Siempre has estado muy vinculado a la Feria. Has publicado libros, nos has facilitado el contacto con pregoneros como Jorge Edwards y ahora te toca a ti dar el Pregón inaugural. ¿Qué podemos esperar?
FI: He releído todos los pregones anteriores y es muy complicado romper el tono de esos pregones donde se habla del pasado, de las librerías de viejo fatigadas y por lo que sospecho que de mí, como peruano, se espera que hable del libro de viejo en el Perú y por extensión en Sudamérica. Lamento decirte que no voy a decir nada de eso porque voy a escribir un pregón futurista del libro antiguo. De hecho, si jugamos con la palabra «antiguo», ahora mismo es la Feria del Libro «Antiguo», pero dentro de unos años será la «antigua» Feria del Libro y lo peor de todo es que algún día se llamará la Feria del «Antiguo» Libro. Yo deseo escribir el pregón de la Feria del «Antiguo» Libro.
JMQ: Me gustan muchos los principios de los libros. “Llamadme Ismael”, “Cuerpo de mujer, blancas colinas”, “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota”. ¿Qué principio de libro te ha enganchado?
FI: El de Anna Karénina de Tolstói. “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo”.
FOTOS: José Ángel Borja

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