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«Tener muchos libros no sirve como credencial cultural de nadie»

Fútbol y literatura han sido dos constantes en la vida de Miguel Pardeza, quien no las considera en absoluto incompatibles ni excluyentes.
Aquel niño que descubrió la lectura a través de los cómics en la Biblioteca de su pueblo, La Palma del Condado (Huelva), y que ha mantenido desde adolescente una relación constante con las librerías de viejo tras su descubrimiento de la Cuesta de Moyano, llegó a formar parte de la Quinta del Buitre y disfrutó de sus mayores éxitos deportivos en el Real Zaragoza. Fue en esta ciudad, dice, en la que su “tara libresca” recibió el impulso definitivo.
Doctor en Filología Hispánica, con una tesis sobre el periodista Cesar González-Ruano, Miguel Pardeza pasa ahora sus días leyendo y escribiendo el que será su segundo libro, tras la publicación en 2016 de su debut literario, Torneo

SONIA DOMÍNGUEZ / Sevilla, 26 de junio de 2019

PREGUNTA: ¿Qué hubiera sido de ti sin la biblioteca de tu pueblo? ¿Crees que se hubiera producido el contagio de los libros de cualquier otra manera sin ella, como en una especie de predestinación, o tu vida hubiera sido distinta?
RESPUESTA: Supongo que sí. El germen de la lectura puede que esté dentro de cada uno de nosotros. Al fin, es uno de los fenómenos antropológicos que mejor define al ser humano. Pero no puede negarse que el ejemplo que hay en tu entorno, familia, amigos, etc., o el apoyo de las instituciones, en este caso una biblioteca, sirven para potenciar la tendencia a la lectura.
P: A raíz de la publicación de tu novela Torneo, se repitió bastante lo del futbolista de los 15.000 libros. ¿Cómo has ido nutriendo tu biblioteca a lo largo del tiempo y de qué ejemplares te sientes más orgulloso, si es que la palabra orgullo es la más adecuada? 
R: Desde hace años me persigue la leyenda de un poseedor de libros desalmado, casi obsceno. En realidad tener muchos libros no creo que sirva como credencial cultural de nadie. Muchos grandes hombres, incluso grandes escritores, tuvieron bibliotecas exiguas, aunque bien organizada. Bien pensado, con unos mil libros elegidos entre los mejores talentos de la humanidad bastarían para hacer a alguien realmente culto. Pero la manía de comprar la he tenido siempre. De modo que acumular ejemplares es simplemente el resultado del fácil acceso a los libros y del tiempo. Al final, no puede negarse que uno termina convirtiéndose en los libros que ha leído, y en su defecto, en los libros que ha comprado.
Y respecto al anecdotario sobre cosas raras y sobre el orgullo, sólo puedo decirte que me siento orgulloso de todos y cada uno de los libros que tengo. Lo raro, en esta época, es que a alguien le dé por gastarse el dinero en libros, muchos de los cuales no leerá o tan sólo ojeará.
P: Miguel Albero escribió un libro para hablar sobre los distintos tipos de bibliopatías: bibliocleptomanía, bibliofilia, bibliofagia… ¿Tienes algún vicio confesable relacionado con los libros y la lectura?
R: No. Ninguno confesable.  Por lo demás, mi relación con los libros no tiene nada que ver con la chaladura del coleccionista, o del maniático de las primeras ediciones. La edición de un libro es tan sólo un accidente físico, cuya trascendencia habría que buscarla en relación con su aportación estética y acaso con el momento histórico. Claro, que también entiendo que las rarezas o las primeras ediciones que pasaron por las manos de su autor tienen un sesgo místico que no voy a negar.
P: ¿Qué te impulsa a seguir leyendo y a seguir coleccionando? 
R: El único aliento sigue siendo el mismo que me llevó a leer por primera vez. La curiosidad, la fascinación del hecho de que en la letra impresa puedas compartir los mundos, visible o invisibles, de tanta gente, a los que sería imposible llegar de ningún otro modo. Y mis intereses, de la misma manera, permanecen intactos. Narrativa, poesía, ensayo, filosofía, teorías varias. Y sólo tengo la espina clava de libros de ciencia, a los que de cuando en cuando me acerco para darme cuenta de lo me pierdo.
P: ¿Qué relación mantienes con las librerías de viejo? 
R: La librería de viejo, desde que empecé a patearme la Cuesta de Moyano con catorce años, fue posiblemente el gran momento biográfico de mi adolescencia. Su presencia en mi vida es constante. He buscado ratos que no tenía en mi carrera profesional para buscar alguna perdida en la ciudad más alejada posible. Nunca dejo de comprar, ya sea presencialmente o a través, ¡ay!, de internet.
P: ¿Qué recuerdos guardas de tu estancia en Zaragoza y de tu relación con grandes bibliófilos?
R: Zaragoza me da el último impulso en mi tara libresca. Javier Barreiro, un erudito, un animal de letras preteridas y un fino cultivador de lo ignoto; el triste y prematuramente desaparecido Félix Romeo, una enciclopedia portátil, cuya voracidad podía con todo. Y también otros amigos, José Luis Melero, otro obseso y un coleccionista que además lee los libros que compra. En fin. Son muchos de los que podría hablar, incluidos José Carlos Mainer, un sabio sin paliativos y que me dirigió mi tesis intonsa, o el profesor José Luis Calvo Carilla, otro concienzudo erudito. Podría seguir pero se me acabaría el espacio.
P: Gracias al fútbol has viajado por un gran número de lugares. ¿Aprovechabas esos viajes para recorrer librerías de viejo?
R: Siempre que había oportunidad y tiempo y librerías a las que ir, iba, a veces incluso en contra de la prudencia del momento. Recuerdo, por ejemplo, la librería Cajón de Sastre, en Ponferrada, donde disputé por esos azares de los sorteos algunos partidos de Copa, incluso amistosos, y me gustaba ir paseando hasta ella. Y recuerdo otra librería en Bilbao, a la que fui muchas veces llamada Boulandier, donde también me hice con bastantes ejemplares. Pero la principal, a la que más me gustaba ir, y no sólo con ocasión de mis visitas a Sevilla por razones profesionales sino también cuando me acercaba a mi pueblo La Palma del Condado para navidad o en vacaciones de verano, era Renacimiento, cuando estaba en Mateos Gago. De allí son muchos de mis libros de Chesterton, pues Abelardo Linares tenía todo lo que se podía tener del estupendo escritor de Los cuentos del Padre Brown. Era imposible pasarse por aquellos estantes y no caer en la tentación de llevarte unos cuantos libros, sobre todo los que menos hubieras imaginado llevarte.
P: ¿Es cierto que tú sólo querías hablar de literatura con los escritores y los escritores, contigo de fútbol?
R: No. Esa es otra leyenda que Enrique Vila-Matas, al que vi bastantes veces en Zaragoza, se encargó de difundir e incluso sacó en alguno de sus libros. Dicho esto, es verdad que a uno a veces le gusta hablar de otras profesiones y de otros entornos más que de los suyos.
P: ¿Consideras que es justa esa imagen de desorden desastroso, libros abarrotando espacios y tesoros escondidos, es así como te gusta, o crees que también está cambiando esa fama con la apertura de nuevos espacios que cuidan tanto la forma como el fondo y que se suman a la programación cultural de sus ciudades?
R: No, me gustaría que los espacios culturales estuvieron organizados racionalmente. También las librerías de viejo. Es un acto de educación y generosidad ahorrar tiempo al comprador. Y más en esta época en que tan poco tenemos. Aquella imagen romántica de la librería caótica con dos dedos de polvo, ejemplares rotos está bien, me gusta como imagen y como símbolo de otra época, pero como comprador me gusta que no me compliquen las cosas.
P: A la velocidad de vértigo con la que se publica en España, libros que entran y salen de las librerías en apenas meses ¿qué recomendarías buscar en las librerías de segunda mano?
R: No se me ocurre nada en especial, más allá de los de siempre. El 98, el 27, quizá los años cincuenta. Aunque ya, últimamente, cuando me encuentro libros de los años ochenta que se me pasaron o ediciones que a veces cuesta encontrar a buen precio, como uno que me encontré hace poco por cinco euros y no tenía de Gombrowicz, me alegro como si hubiera hallado un tesoro.
P: ¿Ha alterado Internet tus hábitos de búsqueda y compra-venta? ¿En qué siguen siendo imbatibles los espacios físicos?
R: Algo sí, tengo que reconocerlo. Además vivo alejado del centro de Madrid, con lo que muchas veces me resulta más cómodo comprar online que irme hasta la ciudad, pues aparte del tiempo de llegar está la complicación para circular e incluso aparcar.
P: Tú dijiste en una ocasión que «un país donde se considera que leer es una rareza padece una enfermedad social grave. Lo raro debería ser no leer«. ¿Cuál crees que es el principal enemigo de la lectura: la falta de tiempo, el desinterés o el exceso tecnológico? ¿O nos quejamos de vicio y leemos más que nunca?
R: El desinterés, la ignorancia, la cultura exprés de usar y tirar. La falta de educación y concienciación social. La obsesión por el éxito sin esfuerzo. Este triste país anquilosado en costumbres medievales, nacionalismos varios, etc

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