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Billete de ira

Encontró el libro sobre uno de los asientos de la parada. Era un libro de lomo delgado, casi un cuaderno. Lo cogió y leyó: Relatos para leer en el autobús. Echó un vistazo a la portada, a dos tintas, y leyó “edición no venal”. Pensó en dejarlo donde lo había encontrado, pero el 38 ya llegaba y se dijo que si no era venal nadie se habría gastado un euro en adquirirlo, tal vez fuera uno de esos libros que se  van dejando por alcorques, bares y huecos en las paredes para que otros lectores desconocidos los lean. Lo guardó en su bolso colgado en bandolera.
El 38 iba prácticamente vacío a esa hora de la mañana. Como siempre se sentó en uno de los asientos ubicados en las últimas filas. Vio que en algunos de los asientos libres también había ejemplares, aparentemente olvidados o abandonados, de Relatos para leer en el autobús. Tal vez fuera una campaña de promoción de la empresa municipal de transportes, pensó, o era el día de la empresa o o de su santo patrón, o tal vez alguno de tantos días del libro infantil, juvenil o ecológico se aproximaba y como todos los años las autoridades pregonaban las virtudes de la lectura.
Hojeó el librito cuyas páginas, de grandes márgenes y letra de cuerpo dieciséis o dieciocho, apenas quince líneas por página, contaban varias de respeto y tres o cuatro presentaciones en letra cursiva, del alcalde, de la delegada municipal de transportes, del gerente de la empresa municipal de transportes, del presidente del jurado del premio internacional de relatos para leer en el autobús y columnista municipal, y saltándose los textos echó un vistazo a algunas ilustraciones.
Miró por la ventana, las calles aún somnolientas, los camareros ordenando las sillas y mesas que habían pasado la noche apiladas y atadas por gruesas cadenas cuyos eslabones eran arrastrados ruidosamente por el suelo, látigos con los que vengaban el madrugón en la piel pública de la ciudad, se cansó del aburrimiento de una rutina demasiado veces vista, abrió el libro y comenzó a leer: “Encontró el libro sobre uno de los asientos de la parada. Era un libro de lomo delgado, casi un cuaderno. Lo cogió y leyó: Relatos para leer en el autobús. Echó un vistazo a la portada, a dos tintas, y leyó “edición no venal”. Pensó en dejarlo donde lo había encontrado, pero el 38 ya llegaba y se dijo que si no era venal nadie se habría gastado un euro en adquirirlo, tal vez fuera uno de esos libros que se van dejando por alcorques”. Levantó la vista, vio que no era su parada y continuó: “tal vez fuera uno de esos libros que se van dejando por alcorques, bares y huecos en las paredes para que otros lectores desconocidos los lean. Lo guardó en su bolso colgado en bandolera”.
Metió el dedo índice como punto de lectura entre las páginas del librito y miró a su alrededor. Algunos pasajeros, que habían ido subiéndose y sentándose, leían afanados u hojeaban con curiosidad su Relatos para leer en el autobús. Por primera vez contó a más pasajeros leyendo libros que periódicos gratuitos, de la jornada o atrasados. Una chica, que también hacía una pausa en su lectura del libro no venal, lo miraba fijamente, como si lo conociera de algo. Buscó sus facciones entre sus recuerdos pero no le sonaban de nada. Volvió al relato: “El 38 iba prácticamente vacío a esa hora de la mañana. Como siempre se sentó en uno de los asientos ubicados en las últimas fijas”.
La chica seguía mirándolo, lo comprobó al dejar momentáneamente la lectura y sorprenderse de que el relato transcurriera en la misma línea, de que a su protagonista también le gustara sentarse en las últimas filas. Sólo entonces reparó en que el relato comenzaba con una situación similar a la recién vivida. La falta de disimulo de la chica lo intrigaba, de qué lo conocería, se preguntaba, porque así sólo mira quien reconoce a alguien. Volvió al libro: “Vio que en algunos de los asientos libres también había ejemplares, aparentemente olvidados o abandonados, de Relatos para leer en el autobús. Tal vez fuera una campaña de promoción de la empresa municipal de transportes, pensó”.
Empezó a ponerse nervioso. Al tipo del relato no sólo le pasaban las mismas cosas que a él sino que pensaba lo mismo ante idénticas circunstancias. Miró por la ventana y reparó en que, embobado en las coincidencias de la lectura y distraído con la pasajera, se había saltado su parada. Guardó el librito en su bolso, se dirigió a la puerta de salida y pulsó el botón de solicitud de parada. El letrero indicativo no se iluminó. Se aproximó a otro botón de llamada, el más cercano a la chica que no dejaba de mirarlo. Estuvo a punto de preguntarle si se conocían de algo pero le pareció inoportuno. Además ella bajó la vista y volvió a su lectura, o a simularla. Pulsó el timbre, pero el letrero esta vez tampoco se iluminó. Se encaminó hacia el conductor, con los pasos vacilantes e inseguros que los acelerones y los frenazos del autobús le obligaban a dar. Observó a dos o tres pasajeros que a su paso levantaban la vista de sus ejemplares de Relatos para leer en el autobús y se le quedaban mirando, como si lo conocieran de algo. Aquello ya le estaba escamando.
Tocó en el cristal protector de la cabina del conductor. Se oyó a sí mismo diciendo “Perdone, los pulsadores para solicitar la parada no funcionan, se me ha pasado la parada, ¿podría abrirme?”, pero el conductor no reparó en su presencia ni lo miró siquiera. Tocó más fuerte en el cristal protector de la cabina, pero la conductor parecía no enterarse. Tan fuerte había golpeado, pensaba, que se giró para mirar a los restantes pasajeros. Todos lo miraban, unos con gesto de indignación, otros, los que pinzaban ejemplares de Relatos para leer en el autobús, con caras de preocupación.
Vio que el conductor seguía sin inmutarse y entonces dos pasajeros, dos hombres que dejaron sus ejemplares no venales sobre sus respectivos asientos se levantaron y empezaron a acercársele. Miró a la chica que no dejaba de mirarlo, que tal vez lo conociera de algo, vio su cara de terror, el pánico surcaba sus rasgos antes apenas delineados, lo último que vio fueron sus ojos estupefactos, cómo lo mirada aterrada y acto seguido bajaba la cabeza llevándose una mano a la frente, dejando el librito en su regazo. Tenía que preguntarle, ella le ayudaría. Hacia ella se dirigía cuando los dos tipos que se habían levantado lo agarraron fuertemente, uno de cada brazo. “Pero qué están haciendo”, se oyó decir. “¡Déjenme, suéltenme!”. Pero no lo soltaron sino que lo elevaron con fuerza para separarlo de la cabina del conductor. Al pasar ante otros pasajera cuyo ejemplar de Relatos para leer en el autobús caía en ese instante de sus manos no pudo evitar preguntárselo: “¿Qué sucede, qué pasa?” Cuéntemelo, por favor. Dígame cómo termina, cómo diablos termina el cuento”. Pero si ella dijo algo sus palabras se perdieron entre el ruido de los claxons y el humo de los tubos de escape y el rugido de los motores, entre el silencio pavoroso del pasaje.
Relato inédito de CÉSAR ROMERO

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