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«Que un libro llegue a viejo me parece un logro reservado a un grupo privilegiado»

Filóloga, profesora universitaria, traductora y poeta, Yolanda Morató (Huelva, 1976) ha recalado en Sevilla tras un largo periplo por Londres, Manchester, Boston, Nueva York, León o Madrid. Aquí asienta una biblioteca que, dice, es un espejo de sus gustos personales, sobre todo, la vanguardia y el modernismo en lengua inglesa.
Bibliómana y asidua buscadora de libros en las librerías de viejo de todo el mundo, «creo que nunca he visitado una ciudad en la que no haya ido al menos a una«, Yolanda editó en 2010 para Libro Antiguo de Sevilla Un mundo de libros y actualmente trabaja en otro proyecto que recuperará una figura femenina muy interesante dentro de la bibliofilia.
En esta entrevista, conversamos con ella sobre lectura, traducción y librerías de viejo.
SONIA DOMÍNGUEZ / Sevilla, 10 de junio de 2019
PREGUNTA: Siendo profesora de Filología Inglesa y traductora en lengua inglesa y francesa, no sabemos qué parte de tus lecturas ha sido y es profesional, y cuál obedece a otros motivos. ¿Esa dedicación ha influido decisivamente en la formación de tu biblioteca? Cuéntanos si sientes una predilección especial por algún tipo de literatura o tema y si te consideras, de alguna manera, coleccionista.
RESPUESTA: Empiezo por el final. No me considero coleccionista si por ello se entiende que mi intención es reunir un conjunto ordenado de libros que aspiren a conformar una unidad de algún tipo. Conseguir primeras ediciones de los libros que me interesan es algo que he hecho desde que era muy joven, así que no soy coleccionista, sino bibliómana. Mi biblioteca es el espejo de mis gustos personales (en concreto, la vanguardia y el modernismo en lengua inglesa) y procuro extenderla todo lo que me permite el espacio y mi bolsillo. Estos intereses son precisamente los que me llevaron a estudiar para dedicarme a lo que me dedico, por lo que son dos parcelas casi indisociables.
P: Miguel Albero escribió un libro para hablar sobre los distintos tipos de bibliopatías: bibliocleptomanía, bibliofilia, bibliofagia… ¿Tienes algún vicio confesable relacionado con los libros y la lectura?
R: ¡Mi propia bibliomanía! Aparte de este pequeño detalle, no tengo vicios relativos a los libros, ni ocultos, ni confesables. A principios del 2000 empecé a participar en subastas de libros en internet. Mis amigos pensaban que aquello era un vicio. Recuerdo que me gustaba pujar solo cuando quedaban pocos segundos para que cerrase la subasta y eso ponía muy nerviosa a mi pandilla de entonces, que a veces trasnochaba y me hacía compañía para no perderse los momentos de tensión y el resultado. Era como ver una final de tu equipo local. Ahora, desde la distancia, me resulta enternecedor. Hoy ya no queda ese tipo de subastas, porque internet, donde todo se compara con un par de clicks, ha hecho que los precios sean solo posibles para unos pocos.
P: Si pudieras convertirte en un personaje literario, ¿cuál sería?
R: Pues la verdad es que no lo sé. No es algo que me haya planteado nunca. De hecho, cuando leo, no busco ningún tipo de identificación con los personajes. Con ser espectadora de la historia ya me doy por satisfecha. Pero imagino que me habría gustado ser el protagonista de Tobias Wolff en Vieja escuela. Viví unos años de colegio e instituto muy aburridos, fundamentalmente porque a mis profesores no les gustaba la literatura. Habría estado bien haber coincidido durante aquellos años con alguien a quien le apasionara. Ese profesor llegó por fin en primero de carrera, pero es una pena que tuvieran que pasar tantos años.
P: ¿Qué te impulsa a seguir leyendo?
R: La curiosidad y, por supuesto, la propia vida. Lo mismo que te impulsa a seguir comiendo, seguir durmiendo, seguir quedando con la gente a la que quieres o seguir viendo series. Como sucede con otras adicciones, es muy difícil desprenderse de un placer adquirido.

 

«El traductor es un autor molesto para algunos editores (de grandes editoriales pero también de algunas que se autodenominan independientes), una especie de mal necesario»

 

P: ¿Qué papel consideras que están realizando los traductores en el rescate de autores poco conocidos en España y, con ello, en la revitalización de las editoriales independientes? ¿Son justamente reconocidos por esa función de agentes o transmisores culturales?
R: En España ya apenas quedan scouts literarios. Los que trabajan para grupos editoriales españoles no suelen ser españoles o vivir aquí. Esta situación, entre otras, hace que muchas veces sean los traductores quienes ejerzan como tales y se encarguen de hacer propuestas a las editoriales; con ellas rescatan nombres y obras que, de otra manera, pasarían desapercibidos. Sin embargo, es curioso que rara vez se nos reconozca una labor tan importante como esta. Ya sabemos que el traductor es un autor molesto para algunos editores (de grandes editoriales pero también de algunas que se autodenominan independientes), una especie de mal necesario. De vez en cuando asoma un rayo de esperanza. En Sevilla, por ejemplo, la editorial independiente Maclein y Parker le reconoce explícitamente en su web a Gloria Jurado su labor de agente y scout, pero son contados los casos en que esto ocurre.
P: La traducción literaria es una profesión que está luchando por su visibilidad y tú has dedicado varias comunicaciones a cuestiones como la propiedad intelectual, los derechos de autor o el plagio. ¿Cómo ves la situación?
R: En 2010, cuando trabajaba en la Universidad Pablo de Olavide, puse en marcha un proyecto para prevenir el plagio y divulgar los principales aspectos de la Ley de Propiedad Intelectual en el seno del grado en Traducción e Interpretación. Tuvo muy buena acogida entre profesores y estudiantes y, a raíz de ahí, he participado en varias iniciativas y comisiones para defender los derechos de autor. En casi diez años de colaboraciones en comités y congresos he visto de todo. A mí me plagiaron -ahora lo puedo decir abiertamente, porque tengo un peritaje forense que así lo demuestra- una edición y traducción con sus notas a pie de página en 2017, así que conozco de primera mano cómo se articulan estas infracciones en el Código Penal. En el caso de la traducción, los casos solo son económicamente viables para la víctima cuando la obra plagiada ha generado muchos beneficios (porque cuenta, por ejemplo, con varias ediciones, ha ganado algún premio o han derivado en obras audiovisuales). Esto lo sabe la mayoría de los plagiarios y sus editores, por eso en muchos casos no merece la pena invertir dinero para demostrar algo que, no pocas veces, salta a la vista. De cualquier modo, más allá del veredicto que emita un juez, deberíamos recordar que el plagio es una cuestión que trasciende el ámbito judicial. En otras palabras, en lugar de judicializar un debate de índole moral, ética e intelectual, sería necesaria una toma de conciencia por parte de los colegas y las asociaciones, a quienes corresponde la defensa de los intereses de la profesión. Cabe recordar que no se trata de un asunto individual, sino que pertenece y afecta de lleno a los derechos del gremio. El plagio y la desunión entre profesionales no hacen otra cosa que debilitarnos como colectivo.

 

«Mi única recomendación es visitar las librerías con frecuencia y curiosear todo lo que haya. La estrategia es la contraria a la que se lleva a una librería de nuevo: en las de segunda mano es mejor no acudir con un título en mente, sino mirar qué títulos nos apetecería llevarnos a casa»

 

P: Las librerías de viejo no suelen salir en ningún tipo de encuesta o de informe. Nos gustaría saber cuál es tu experiencia y qué relación mantienes con ellas. 
R: Llevo yendo a librerías de viejo desde hace unos veinticinco años, así que puedo decir que, hasta ahora, ha sido mi relación más larga. Dejando aparte el chiste fácil, las librerías de viejo son uno de los mejores lugares para pasar un rato y conocer parte de la cultura de un lugar. Las visita gente de todo tipo, algunas veces se encuentran cosas insólitas o, al menos, inesperadas y los libros que tienen reflejan quiénes han pasado por la ciudad y qué han dejado en ella… Creo que nunca he visitado una ciudad en la que no haya ido al menos a una. Para mí, es una parada obligada.
P: ¿Consideras que es justa esa imagen de desorden desastroso, libros abarrotando espacios y tesoros escondidos, es así como te gusta, o crees que también está cambiando esa fama con la apertura de nuevos espacios que cuidan tanto la forma como el fondo y que se suman a la programación cultural de sus entornos?
R: Sumarse a la programación cultural que nos rodea siempre es algo positivo. Vivimos en tiempos en los que nos sobra información y estamos muy conectados pero, paradójicamente,  nuestra desorganización nos impide disfrutar de muchas de las cosas que tenemos. Así que toda oferta cultural que nos vincule de una manera u otra nos enriquece. En cuanto a la forma y el fondo, pues hay de todo, como en todos los gremios. Hay locales más ordenados que otros, pero no me parece que el desorden que hay en las rebajas, por poner un ejemplo más prosaico, sea algo que condicione a quienes acuden, porque el objetivo es otro. Algo parecido sucede con algunas librerías de viejo.
P: Coordinaste para la Asociación del Libro Antiguo un libro que mezclaba ciudades y librerías de viejo. ¿Qué ciudades y librerías deberían ser incluidas en una posible segunda parte? ¿Cuáles forman parte de tu propio recorrido vital?
R: Faltan muchísimas ciudades, no solo para una segunda, sino para una tercera y cuarta parte. Para empezar, si vamos hacia el Mediterráneo, hay tantas escalas que sería excesivo enumerarlas aquí. Quedó pendiente todo el Este, el europeo y el asiático. Tampoco entró África, ni Oceanía. Fue, en realidad, un proyecto de cercanía física o intelectual para muchos de los colaboradores, a los que siempre estaré muy agradecida. En mi recorrido vital están las ciudades en las que viví entre 1996 y 2005: Londres, Manchester, Hull, Boston y Nueva York. Por estas fechas empezó a despertarse una corriente de libros que hablaban de libros, entre los que recuerdo, a bote pronto, Clásicos de traje gris, de Andrés Trapiello y El arte del yo-yo, de Juan Bonilla; y algo antes, Bazar de ingenios, de Felipe Benítez Reyes; por no irme mucho más atrás y bucear en las obras de Azorín y Pío Baroja. En Un mundo de libros, me apetecía reunir los recorridos de distintos autores por sus librerías y ciudades de referencia y hacerlo como bibliófila, ya que en los medios digitales e impresos siempre ocupan este lugar los hombres. Curiosamente, después de la publicación de nuestra entrega en 2010, surgieron distintas obras y blogs que ahora se dedican al tema.
P: Acabas de publicar un poemario titulado ‘Ahora’. Que un libro nuevo llegue a viejo y siga en circulación, ¿de qué depende? Y a la velocidad de vértigo con la que se publica en España, libros que entran y salen de las librerías en apenas meses, ¿qué autores recomendarías buscar en las librerías de segunda mano? 
R: La manera en que funciona el mercado editorial en estos momentos hace que un libro nuevo entre en la mediana edad en cuestión de semanas. Que llegue a viejo me parece ya un logro reservado a un grupo privilegiado. La mayoría de ellos acaban convertidos en pasta de papel o expurgados de las bibliotecas porque no tienen lectores durante un determinado periodo de tiempo. Es tristísimo. En cuanto a recomendaciones, la única que tengo es visitar las librerías con frecuencia y curiosear todo lo que haya. Creo que la estrategia es la contraria a la que se lleva a una librería de nuevo: en las de segunda mano es mejor no acudir con un título en mente, sino mirar qué título/s nos apetecería llevarnos a casa. Los lectores estamos de suerte: nunca antes se han podido comprar libros a los precios que tenemos hoy.
P: ¿Ha alterado Internet tus hábitos de búsqueda y compra-venta? ¿En qué siguen siendo imbatibles los espacios físicos?
R: Internet te ofrece la oportunidad de viajar sin moverte de la silla con una inmediatez pasmosa, así que ahora busco y compro mucho más que antes. En cuanto a la coexistencia entre el mundo virtual y el físico, mientras que el primero nos proporciona estímulos visuales constantes y apetecibles, el segundo nos regala la memoria de lo puramente táctil. Es muy complicado mantener a flote un equilibrio entre ambos, sobre todo, porque una gran responsabilidad recae sobre nuestros propios hábitos de consumo. Deberíamos hacer todo lo posible para que lo físico ─los libros impresos, las librerías y las bibliotecas─ no desaparezca en un mundo dominado en la práctica por lo virtual. Minaría una parte importante de lo que somos.
P: ¿Cuál crees que es el principal enemigo de la lectura: la falta de tiempo, el desinterés o el exceso tecnológico? ¿O nos quejamos de vicio y leemos más que nunca?
R: Es un asunto complejo, porque no hay una única respuesta a una cuestión con tantas variables. Por una parte, creo que más que preguntarnos si leemos más que nunca, habría que preguntarse qué y cómo leemos. Los niveles de superficialidad en muchas de las cosas que solemos hacer ─la lectura entre ellas─ están claramente ligados a la falta de tiempo. Sin embargo, no somos autocríticos a la hora de valorar cómo y en qué invertimos ese escaso tiempo que tenemos. Así que diría que el verdadero problema está en la falta de profundidad de nuestros actos cotidianos, en la inercia, en la convicción de que es mejor hacer muchas cosas al mismo tiempo, algo que ya describía a la perfección ese antiguo refrán que afirma que quien mucho abarca, poco aprieta.

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